Crecí dentro de una familia de profesionales muy trabajadores. Mis viejos, además de arraigarme los valores que hoy fundan a mi persona, tal vez sin darse cuenta, me estaban revelando las dos caras de una misma moneda. 
Mi viejo por las mañanas hacía carrera y formaba parte de una institución emblemática como el hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, y a la tarde, ambos hacían su propio camino en su consultorio privado.
Hoy, me doy cuenta de que me estaban mostrando dos opciones: Depender o Emprender. 
Estudié la licenciatura en Comercialización en la Universidad de Morón, y rápidamente conseguí trabajo en empresas líderes en el rubro de la construcción. 
Crecer dentro de las mismas no representaba un gran desafío para mí. 
Conforme iban pasando los años, mi puesto, mi sueldo, mi prepaga (cuestión muy valorada en mi legado) y mis responsabilidades, “mejoraban” de manera casi natural.
Sin embargo, me sentía vacío. Sentía ver pasar la vida “a través de una ventana”. Si llovía no me mojaba, si hacía frio o calor, acondicionaban el aire. Todo parecía muy quieto, muy previsible, muy poco motivante. 
De repente, me sentí dentro de la mal llamada zona de Confort (personalmente creo que zona de in-confort la define mejor) 
Poéticamente, me sentía navegando en un río dentro de una firme embarcación, con lujos y seguridad a bordo, pero sin motor. Había perdido el timón de mi vida. Me estaba dejando llevar, sin internar corregir el rumbo.
Estaba ocupando mi tiempo persiguiendo objetivos que no me representaban. Trabajando bajo modalidades antiguas, respetando jerarquías y distanciamientos intrapersonales aburridos e infundados.
Definitivamente no estaba de acuerdo en formar parte de esa “era empresarial”, donde prevalece lo frio sobre lo cálido, donde se valoran más las horas extras trabajadas que el compromiso asumido, donde lo económico reina sobre lo equilibrado.
Mi fecha vencimiento había llegado. Ya no quería formar parte de esa propuesta.
Todo dependía de mí, tenía que saltar del barco, subirme a mi botecito y por sobre todo, tomar nuevamente los remos de mi vida.
Junto a mi amigo (si, hasta el día de hoy!) Rodrigo Dos Santos, decidimos fundar nuestra propia empresa, alejándonos de todos esos vicios adquiridos y anticuados.
Nuestra propuesta además de ser rentable debía “aportar su granito de arena a la sociedad”. Sin darnos cuenta, no solo creábamos Infopan, sino que empezábamos a abanderar una nueva tipología empresarial. Las empresas de Impacto.
Con el correr del tiempo, nos dimos cuenta de que no estábamos solos. Había un montón de personas dispuestas a contribuir en este cambio. De hecho, paralelamente empezaba a tomar fuerza una hermosa comunidad llamada “Comunidad B”, de la cual orgullosamente formo parte.
En ella, vemos a la empresa como un trípode en constante equilibrio.
Sus tres patas corresponden a sus tres impactos. ECONOMICO, ECOLOGICO y SOCIAL.
Sus fuerzas deben estar perfectamente balanceadas, si una pata se rompe, el trípode se cae.
Hoy veo mi propósito cada vez más claro. Mi propósito es conseguir ese equilibrio. 
Pero ese equilibro no quiero limitarlo únicamente al servicio que ofrecemos como empresa.
Mi gran desafío como empresario es poder transpolarlo a cuestiones más generales y prioritarias. Nuestra vida personal y laboral. 
Recuerdo haber tomado la decisión de emprender mi “nueva vida”, proyectándome al momento de ser padre. 
Sabía que formando parte de una estructura clásica de empresa, tendría que estar “cumpliendo horas” y probablemente, debería haber tenido que inventar alguna excusa para  poder acompañar a mis futuros hijos en sus pequeños crecimientos, pero tan significativos para los padres. 
Hoy, siendo padre de 2 hijos chiquitos, puedo afirmar que hasta el momento, no me he perdido absolutamente nada de ellos! Siempre me enorgullezco al contar que estuve presente hasta en el momento exacto cuando les asomaron por primera vez sus dientitos!
Hoy, ese equilibrio es el que propongo puertas adentro de Infopan.
Me resulta anticuado medir y ofrecer beneficios únicamente mediante el recibo de sueldo. Principalmente porque esa variable no depende exclusivamente de mí, menos en un país tan inestable como el nuestro.
Sin embargo, las cuestiones de carácter “humano” no me escapan. Son decisión mía.
Así como sentí la necesidad de ser dueño de mi vida, intento compartir ese “beneficio” a todos los que conforman mi equipo.
En Infopan fomentamos la calidez sobre la lejanía, valoramos el compromiso por sobre el horario dedicado, y buscamos generar un ambiente de trabajo propicio donde todos se sientan a gusto.
Como líder, me siento identificado fomentando este tipo de propósito y creo fielmente en las estructuras equilibradas, donde su energía surge de la retroalimentación voluntaria y constante. Quienes trabajan conmigo también lo comparten.
Así concebimos Infopan, así concebimos la vida.

Nicolas Grichener
 


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