La Asociación Argentina de Marketing propuso 20 pares de palabras como símbolo del equilibrio (siempre complejo) entre lo que queremos y lo que nos quieren vender.

Lo digo así, llano: “lo que nos quieren vender”. Podría haber sido más suave y usar el verbo “proponer”, “comunicar”, “sugerir”… Pero no. Prefiero usar la frase que utilizan hasta quienes descreen del marketing. Porque conozco este oficio desde hace décadas y sé que hay de todo: los que sólo se preocupan por vender y los que están dispuestos a construir otras cosas.

Mientras nos recuperamos del cachetazo global que nos propinó un virus inmanejable en el siglo en que creíamos que podíamos manejarlo todo, creo que es momento de enfocarnos en nuevos problemas. En especial, en los problemas que produjeron las soluciones venimos que inventando desde hace tiempo. Esas soluciones que creíamos geniales. O que, ¿por qué no?, fueron geniales, pero sólo desde algunos puntos de vista.

El marketing ayudó a que estas soluciones fluyan, se dispersen, se creen, se adopten… Ayudó a que untemos margarina, y no sólo manteca, en nuestros panes; hizo que le llamemos “Curitas” a los apositos protectores autoadhesivos; nos llevó a correr maratones; logró que compremos artículos electrónicos adornados con el dibujo de una manzanita mordida.

Sin marketing hubiera habido cigarrillos pero no hubiera existido el rubio de Camel. Y sin marketing tal vez no sintiéramos que tomar una cerveza tiene el sabor del encuentro.

Es verdad, hemos marketineado de todo. Incluso, hemos craneado excelentes campañas de LALCEC y de Alcohólicos Anónimos. Hasta hemos inventado verbos bizarros: “marketinear” y “cranear”, por ejemplo. 

Nuevamente: hubo, hay y habrá de todo. Marketing de pañuelos verdes, pañuelos celestes. Naranjas, violetas y ya alguien habrá pensado en el pack surtido de pañuelos multicolores.

Sin duda, el oficio del marketing es disfrutable: haciendo campañas pero también analizando estrategias de precio, o pensando variantes logísticas, o planificando medios… Marketing, creatividad, futuro, crecimiento, desafíos, emprendimientos, seducción, persuasión… Transformamos objetos, servicios y experiencias en algo deseable. Convertimos música en canciones.

Hasta acá, todo OK. Pero, tal vez esté comenzando a gestarse una nueva etapa. Una etapa en donde estemos dispuestos a escuchar honesta y profundamente las críticas que se le hacen al marketing desde otras disciplinas. Y en vez de defendernos, nos dispongamos a reflexionar con detenimiento y voluntad de cambiar todo lo que haga falta.

Puede ser una etapa con problemas más complejos, caminos menos lineales, márgenes más estrechos dentro de los cuales movernos. En suma: una etapa con nuevos límites. Límites de todo tipo: sustentabilidad, equidad, igualdad, transparencia, solvencia, trazabilidad… 

Seguiremos transformando música en canciones. Pero, seguramente, poniendo más énfasis que nunca en los “cómo”, en los “quiénes” y en los para “para qué”.

¡¡¡FELIZ DÍA DEL MARKETING!!!


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